LEYENDA DE LA FUENTE DE LA VELASCA

Cuando el poeta Manuel José Quintana, hallándose a la sazón desterrado en la villa de Cabeza del Buey, escribió su magnifico romance sobre La fuente de la mora encantada (1826), esta leyenda ya debía de correr de boca en boca, por estos viejos predios de la Orden del Temple. Efectivamente, esta trágica historia del pastorcillo que se siente atraído por la mora de la fuente, y que muere entre ondas, en sed de amor abrasado, toma por escenario la fuente de la Velasca, o de San Blasco- como se la llamo en tiempos remotos-, cuyas aguas fluyen a la vera de la cañada del Moro, a la búsqueda del arroyo del Buey, discurriendo por una vaguada cercana a la ermita que entonces llamaban de San Blas, y hoy de San Roque. Pues bien, la que sigue es la versión oral que a veces de forma confusa, se ha transmitido de generación en generación, y con tal perseverancia que sus gentes, todavía no hace mucho, servíanse de ella para amedrentar a los hijos, y prevenir así que estos se acercaran a los peligrosos pozos que salpican el término:

Hace muchos años durante el largo periodo en que los árabes ocupaban parte de la Península Ibérica, un rey de Al-Andalus, en una de sus incursiones por tierras de cristianos, logró un rico botín y gran cantidad de esclavos, volviendo a su reino triunfante y satisfecho. Al pasar revista a los cautivos, entre ellos descubrió a una bellísima doncella llorando, a la que su dueña trataba de consolar, ricamente vestida y de majestuoso aspecto. Muhamad, que así se llamaba el rey moro, quedó fuertemente impresionado, por lo que ordenó al momento que le informaran quien era aquella linda joven, a lo que contestaron que se trataba de una princesa castellana. Muhamad la hizo pasar a su harén y, rendidamente enamorado, le propuso el matrimonio y que fuera su sultana. La joven, horrorizada, comenzó rechazando la petición, pero después de pensarlo prefirió ser reina a ser esclava, por lo que aceptó, y se casó con el rey moro, adoptando la religión de Mohamad.

Durante varios años vivieron felices. Con el tiempo tuvieron tres hijas hermosas, que se criaron con toda clase de lujo y comodidades, y que al alcanzar la pubertad recibirían como don de la naturaleza una belleza esplendorosa. Pero el rey moro, que además de sabio era aficionado a las artes mágicas, aconsejándose de astrólogos, determinó preservar a sus hijas del peligro que conlleva la edad núbil; por eso decidió que fueran educadas en una fortaleza regia dotada de un suntuoso palacio, donde no se pudiese poner en peligro su virginidad, rodeadas de todas las comodidades, llevando una vida voluptuosa, y gozando de un clima delicioso, pero apartadas del mundo.

Mientras, el rey Cristiano, su abuelo, que había tenido noticias de donde se hallaban sus nietas, quiso rescatarlas para educarlas en la fe de Cristo. A tal fin convocó a tres nobles caballeros de su corte, a los que propuso el plan que había concebido, con la promesa de que si recuperaban a sus nietas se las ofrecía en matrimonio. Aceptaron la proposición los tres caballeros. Acompañándose de un séquito escogido, disfrazados todos los moros, emprendieron el camino del castillo donde se encontraban recluidas las tres princesas. Simulando ser enviados al alcaide de la fortaleza, éste-creyendo que las llevaban a su amo y señor- se las entregó.

Los raptores emprendieron veloz huida camino de Castilla, contentos de lo bien que había resultado el rescate y, prendados de la belleza de las jóvenes princesas, cayeron rendidamente enamorados, al igual que ellas de sus apuestos libertadores. Para su mal, todo había sido demasiado fácil. El Rey Moro, informado de sus magos y adivinadores, supo la noticia y enseguida organizó la persecución de los fugitivos, los cuales, ignorando que eran perseguidos, no huían con la rapidez suficiente. El Rey Moro les dio alcance cuando, por tierras de Fhs- Al-Ballut, atravesaban el puerto de Almonacid, en la cercanía del poblado de Bued, mientras descansaban plácidamente a la orílla de una fuente. Los agorenos cayeron por sorpresa sobre los cristianos, sin que tuvieran ocasión de defenderse. Viendo el padre lo felices y gustosas que se encontraban sus hijas en compañía de sus amantes caballeros, después de toda una vida de vigilancia y protección, las maldijo y arrojándolas a la fuerte, clamó:

– ¡Vivid en espíritu, tened esa fuente como cárcel, consumías en deseos, mostraos sólo de noche y que quien os viere se espante, hasta que alguien predestinado os liberte del encanto y os saque de ella!

A los caballeros y a los vasallos se los llevaron cautivos. Ana, María e Inés, que así se llamaban en cristiano, quedaron encantadas en el fondo de la fuente durante siglos. Con el transcurso de muchos años estos parajes se fueron cubriendo de un hábito misterioso. Todo hombre que pasaba a la vera de la fuente después de la puesta de sol veía salir de ella a tres bellas moras que, hechizándolo, le hacían arrojarse para parecer en el seno de las aguas.

Tras la reconquista cristiana de esas tierras, por unos pergaminos antiguos se supo el secreto para deshacer el encanto de las tres princesas moras hechizadas en la fuente. Dicho pergamino procedía de la reina madre de las princesas, y lo había traído un cautivo cristiano al cual se lo entregó para que algún día sus hijas fueran liberadas de la maldición paterna. Según se pudo descifrar, tres jóvenes cristianos que se ofrecieran voluntariamente habían de ir en la noche de San Juan, a la medianoche, pues las bellas encantadas sólo salían esa noche entre las doce y la una, momento en el en el que por tanto habían de ser pronunciadas las palabras mágicas. Conocido el secreto, no faltaron mozos decididos que se prestaron a arriesgarse en tan emocionante hazaña; entre ellos fueron escogidos los tres de rigor: Pedro, Manuel y José. Llegado que fue el día de San Juan, se prepararon para realizarla empresa. La luna estaba en su fase de plenilunio, en todo su esplendor, un momento y, tan pronto como dieron las doce, los tres mozos, entre valientes y temerosos, a la orilla de la fuente, dijeron las palabras que les habían enseñado para obrar el milagro:

-Ana, tu madre me manda –dijo el primero
-María, tu madre me envía –dijo el segundo
-Inés salid todas tres –dijo el tercero

Expectantes y emocionados esperaron el resultado del conjuro, que se produjo casi de inmediato: el agua de la fuente entró como en ebullición, y por el orden en que habían sido nombradas las tres princesas fueron saliendo a la superficie y después, fuera de la fuente, abrazando cada una su salvador. Los tres jóvenes, entre extasiados y maravillados, quedaron súbitamente prendados de las lindas princesas, las cuales le dijeron que para completar el conjuro habían de ser bautizadas por ellos mismos con el agua que les había servido de cárcel. Acto seguido, llevaron a efecto el ritmo de transformación de las tres princesas moras en tres bellas cristianas. El milagro se había producido. Sonó una especie de música celestial, suave y armoniosa, y al son de los acordes bailaron y bailaron… sin embargo, transcurrida una hora, al dar la una, según decía la tradición, las tres bellas jóvenes se esfumaron como por encanto, esta vez para siempre jamás.

A partir de entonces no volvió a desaparecer ningún joven tragado por el maleficio de la fuente. El hechizo había desaparecido. Pero el estigma de esta leyenda perduró por mucho tiempo, y el misterio aún impregna el ambiente de estos valles, sobrecogiendo a los que cruzan el paraje a la puesta del sol. De todo ello sólo quedó la leyenda. Y en tiempos se decía haber visto a las tres bellas moras-cristianas danzar, en la noche de San Juan, entre las doce y las una, cuando esta coincidía con el plenilunio… Y en esta creencia algunos de los jóvenes de esta época no muy lejanas, después del tradicional enjalbiego de las puertas de la dama de sus pensamientos, todavía apostaban entre ellos sobre si eran capaces de ir a la fuente de Velasco a ver a las tres moras y desencantarlas, arriesgándose a ser tragados por las aguas…

Vicente Serrano Naharro
Cronista Oficial de Cabeza del Buey
Con la colaboración de Francisco López-Arza
Libro de Ferias y Fiestas San Miguel 2012

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